Baja California Sur está rodeada por dos cuerpos de agua: el Mar de Cortés al este y el Océano Pacífico al oeste. Entre ambos se extiende una selva seca de cactus endémicos y paisaje árido que pocas penínsulas del mundo pueden igualar. Estos son los seis lugares que conviene conocer a fondo si vas a recorrer la región con tiempo.
La Paz: bahía, malecón y una isla de la UNESCO
La bahía donde hoy está La Paz se llamó primero Santa Cruz: así la bautizó Hernán Cortés en 1535. En 1596, el navegante Sebastián Vizcaíno le dio el nombre que conserva hasta hoy. La capital del estado tiene un ritmo distinto al del Corredor Los Cabos: más ciudad, más cotidianidad, más conversación con la gente del mercado.
Vale la pena caminar el malecón Obregón al atardecer y cruzar a la isla Espíritu Santo, reserva natural reconocida por la UNESCO, con acantilados volcánicos y playas donde conviven lobos marinos y tiburones ballena según la temporada. La playa Balandra, con su agua poco profunda y tonos turquesa, es la postal que más gente se lleva de La Paz.
Isla Jacques-Yves Cousteau: el territorio de las mobulas
Los pueblos pesqueros de La Ventana y El Sargento miran de frente a la isla Jacques-Yves Cousteau, antes llamada Cerralvo en honor al Marqués de Cerralvo. La isla es conocida por sus agregaciones de mobulas, rayas que llenan estas aguas durante buena parte del año con movimientos que parecen coreografiados desde arriba y abajo.
En tierra: cactus cardón y biznaga, lagartijas, águilas y halcones. Bajo el agua: lobos marinos, tortugas, mantarrayas y peces de arrecife. Por su ubicación, la isla también es ruta de paso de ballenas y orcas en migración. En temporada de viento, de noviembre a marzo, La Ventana es uno de los mejores puntos de Norteamérica para windsurf y kitesurf.
Todos Santos: surf, arte y caña de azúcar
Conocido como la "ventana al Pacífico", Todos Santos fue fundado en 1723 y tiene el sello de Pueblo Mágico. Durante años fue centro de producción de caña de azúcar, y esa historia agrícola sigue presente en su identidad. Hoy mezcla arquitectura colonial, galerías de arte y un ambiente surfero que atrae tanto a locales como a viajeros de paso.
Sus playas tienen caracteres muy distintos entre sí: Los Cerritos para principiantes en surf, La Lobera para la observación, San Pedrito para el beach break, Punta Lobos para el kayak y Los Esteros para ver aves en la desembocadura del río. Cada una merece tiempo propio.
San José del Cabo: el pueblo que el Corredor no borró
Fue el primer campamento pesquero del sur de la península. A pesar del crecimiento turístico del Corredor Los Cabos, el centro histórico conserva sus casitas coloniales, su mercado y su plaza. El "Paseo del Arte" de los jueves llena las calles de galerías y talleres artesanales con horario extendido y música en vivo. Es uno de los pocos lugares de la región donde la vida de pueblo sobrevive al turismo de resort.
Cabo San Lucas: donde se unen el Pacífico y el Mar de Cortés
Cabo San Lucas fue puerto de paso de piratas y conquistadores antes de convertirse en el destino más visitado del estado. Sus aguas albergan peces de arrecife, corales y ballenas según la temporada. Las formaciones del Dedo de Neptuno y Finisterra marcan el punto exacto donde se encuentran ambos mares: una de las geografías más fotografiadas de México, y con razón.
Cerca están las bahías de Santa María y Chileno, buenas para snorkel, y las Cascadas de Arena, uno de esos fenómenos submarinos que solo existen en este rincón del mundo.
Cabo Pulmo: el arrecife que la comunidad salvó
Cabo Pulmo protege uno de los arrecifes de coral más antiguos del Pacífico Norte, con casi 20,000 años. Se convirtió en reserva marina en 1995, después de que la pesca intensiva local casi agotó la zona. Desde entonces, la biomasa del arrecife se ha recuperado en más de 400%, uno de los casos de restauración marina más documentados del mundo.
Hoy es un destino de buceo y snorkel con visibilidad alta casi todo el año: tiburones toro, tortugas, bancos de peces y, en temporada, mantarrayas. Entrar aquí es entrar a un ecosistema que la comunidad local decidió proteger colectivamente, no solo un punto bonito en un mapa.
Conocer Baja con tiempo y sin prisa es aprender que cada lugar tiene su propio idioma. El que vale la pena aprender.
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